Lo que vivimos en la actualidad, tiene un nombre; los que saben le han denominado “la sociedad del riesgo”; eso significa que, más que un incremento en la inseguridad o el riesgo, estamos experimentando una crisis de las instituciones que nos daban certidumbre. 

En el fondo, lo que ha ocurrido es que el pacto social, ese que hicimos para dar certidumbre a nuestro futuro común, ha sido alterado; Ya no existen más los adalides que desafiarían, enfrentarían y abatirían cualquier peligro que alterase la armonía y la paz. La calculabilidad del riesgo (su codificación, objetivación y racionalización) ha dado al traste con el mito. Hoy, sólo los “productos milagro” se atreven a prometer el paraíso sin esfuerzo. El nuevo pacto incluye cláusulas que nos obligan, en lo individual y en lo colectivo, a racionalizar, decidir y actuar sobre el riesgo.

El seguro, nuestro mejor artificio para enfrentar la incertidumbre, hoy se enfrenta a la complejidad y su incalculabilidad. Una espesa capa de riesgos globales, permanentes, artificiales, casi invisibles y complejos -como la radiación de fondo, el agotamiento del ozono, el calentamiento global y el oscurecimiento global- escapan a las capacidades de las viejas instituciones, preparadas para responder a la eventualidad o, cuando mucho, a patrones probabilísticos. La fiabilidad de cualquier predicción sobre estos riesgos tendrá que echar mano de modelos algorítmicos altamente sensitivos, que repliquen la realimentación dinámica de los fenómenos.

Lo mismo ocurre en la capa de los riesgos sociales: la agresividad humana tiene una cara constructiva, que ha dado lugar a nuestra civilización, pero, la cara destructiva de la agresividad muta en violencia y ésta en maldad, cuando se acompaña de alguna forma de poder, el cual no es más que una expresión del desequilibrio de la igualdad humana, y es, paradójicamente, el fin de la constante búsqueda individual, al menos en la cultura occidental. Tal vez esto explique, en parte, las similitudes de la violencia con los procesos epidémicos: la agresividad está ahí, en el fondo de cada quién, un día deja de ser constructiva, se convierte en violencia, produce desigualdad, acumula poder y se vuelve maldad. Los riesgos sociales son inherentes a fenómenos emergentes y auto-trascendentes.

Ya sea que venga de las autoridades, de las compañías especializadas o de los expertos, el mensaje, actualmente, es el mismo: “el riesgo existe, nunca podremos manejarlo por completo, pero, pueden estar seguros de que nos estamos ocupando por ustedes”; Ulrich Beck escribe que el concepto de sociedad del riesgo “designa una etapa de desarrollo de la sociedad moderna en la que los riesgos sociales, políticos, económicos e individuales tienden, cada vez más, a escapar de las instituciones de control y protección de la sociedad industrial”.

La incertidumbre es, en sus bases, un asunto de debilidad informativa; las personas necesitan saber, o al menos creer, que los riesgos existen o no; ante las dificultades que implica el saber, prefieren creer, confiando en la fuente del mensaje. La comunicación del riesgo se vuelve, entonces, el instrumento más eficaz para la reducción de las percepciones de inseguridad y para el control de las actitudes de riesgo; pero, la hiper-conectividad de nuestros tiempos la ha vuelto un arma de dos filos que, cuando falla o es abusivamente usada para el control social, trae como consecuencia una crisis de confianza.

La vieja retórica condescendiente, que hacía creer en instituciones que se ocupaban de todo, ha tenido que transformarse para trasladar el riesgo y la responsabilidad a los destinatarios de las consecuencias; así, el énfasis de la ciudadanía está cambiando de derechos a responsabilidades; entonces, la comunicación del riesgo gira, cada vez más, en torno al fomento de la participación de todas las partes interesadas de la comunidad, en todo el proceso de gestión del riesgo y en el aseguramiento de la operatividad de los controles de seguridad; el nuevo mensaje es: si eliges no participar, entonces no culpes a las instituciones si algo sale mal, pero, si eliges participar, tampoco podrás atribuir a las instituciones los resultados.

Vivimos, por tanto, una etapa de transición: de las soluciones basadas en la institución a las soluciones emergentes de la colaboración. Requerimos, en consecuencia, de sistemas de innovación que conduzcan la participación hacia soluciones de reducción de la incertidumbre; uno donde todos puedan unirse a la participación, sin barreras de ingreso u otras artificiales; donde las decisiones y el estatus no sean impuestos y se soporten en el mérito; donde nadie tenga que adaptarse a procesos predefinidos, sino que los procesos surjan de la interacción y se adapten a ella. Estos requisitos, aunque suenen utópicos, responden a la definición y a los principios de la Colaboración Abierta, que ya ha probado su viabilidad, tomando diversas formas como la producción entre iguales (Peer Production), la externalización abierta (Crowdsourcing), el consumo colaborativo (Collaborative Consumption), el modelo de código abierto (Open-source Model), y que ya nos han dado frutos como Creative Commons, Bitcoin, Wikipedia, Flickr, Moodle, etc., influyendo en asuntos tan complejos como la economía, la cultura, la educación, la propiedad intelectual, etc.

A medida que el desempeño institucional se desdibuja, los individuos estamos diluyendo las barreras de acceso al conocimiento y creando nuevos códigos de buenas prácticas, como producto de la discusión abierta entre pares, que, sin más autoridad que el mérito de sus propuestas, buscan -más que la fama, el lucro o tener la razón- vivir en paz.

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